Las últimas horas de la noche (o las primeras de la mañana, siempre según se mire), son el escenario idóneo para que las grandes ideas fluyan como el parné a las cuentas de los Concejales de Urbanismo.
Estas grandes ideas, también denominadas “ideotes”, suelen ser del tipo “nos cogemos el coche y en un par de horas estamos en la playa dándonos un baño”, “sale un tren en media hora y seguimos la juerga en la capital”, bravatas fruto del alcohol que no suelen llegar a nada o del tipo “lanzamiento de tejos a deshora”, mucho más peligrosas, avergonzantes y, por ende, divertidas.
Imaginemos la situación. 7 de la mañana, las puertas del último garito de esa noche han cerrado y ahí estás tú, compuesto y sin ninguna incauta con la que poder retozar durante las siguientes horas (entiéndase “retozar” como “dormir”... y entiéndase “dormir” en su más estricta definición, que las horas son las que son y estamos mayores para fantasmadas) cuando, de repente, porque así vienen estas cosas, un ideote acude a tu mente, bueno más bien a tu cabeza, recordemos que son las 7 de la mañana y, muy probablemente, gracias a ese estricto régimen de drogas y alcohol que habitualmente sigues, tu mente ha dejado de ser tal hace, como mínimo, 12 horas.
Y ese ideote que ha venido a tu cabeza no es otro que el de mandar un mensaje con el móvil a la muchacha con la que llevas cruzándote tejos las últimas semanas, pero sólo eso, tejos, es decir, miraditas, sonrisitas, mucho tonteo pero, en el fondo, ná de ná.
El caso es que, decidido a dejar a Miguel Hernández como un mísero aprendiz, desbloqueas el teclado del aparato y, tratando de discernir las letras de las diminutas teclas (aquí te das cuenta de que tu severo régimen no te ayuda), comienzas a componer lo que sabes que será el primer escalón del nuevo romancero español.
Satisfecho con la ardua tarea, envías el mensaje y, feliz, te retiras a tus aposentos, con la certeza del trabajo bien hecho, con esa sonrisa en tu rostro que tanto te delata. Ladrón, que eres un ladrón.
Horas más tarde, cuando amaneces en la UVI, agonizante entre gemidos y balbuceos (“no vuelvo a beber”), vuelves a la vida encendiendo tu teléfono, comprobando el desolador resultado de tu escarceo en la poesía.
Si has tenido suerte, el mensaje lo habrá recibido un amigo tuyo, muy probablemente uno de los que anoche te jaleaban mientras componías tu tejo telefónico. Entre nosotros, nunca se tiene suerte.
Si tu suerte no ha sido muy mala, el mensaje lo habrá recibido otra muchacha de tu agenda, con toda seguridad, una con la que tú no quieres nada pero, claro, con lo que le has escrito hace unas horas, explícaselo, anda.
Y, finalmente, si tu suerte ha sido la habitual, es decir, nefasta, el mensaje lo habrá recibido la interfecta adecuada (hasta aquí vamos bien) pero, oh, azares de la vida, lo que tú pensabas que era un hermoso soneto, en realidad era un hatajo de lindezas que avergonzarían a un marinero del siglo XVI con lo que, pese a la resaca que te está matando, concluyes que, uno, además de no conducir, las autoridades deberían advertir sobre los riesgos de usar el teléfono móvil en condiciones lamentables y dos, más vale que elimines el teléfono de la muchacha que, hasta hace pocas horas era tu objetivo, porque la verdad es demoledora y tu oportunidad se ha esfumado (o, mejor dicho, te la has bebido), transformándose en un espantoso dolor de cabeza, literal y metafóricamente hablando.
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