En esta época del año, con sus calores y temperaturas cercanas a la ideal para todos los camélidos, un viaje en Metro puede convertirse en una actividad cercana a la muerte.
Por supuesto, esta cercanía con la Pálida Dama, como la llaman los poetas y yo, que no lo soy pero no voy a ser menos, se debe a esa costumbre que tienen en este bonito medio de transporte de no utilizar el aire acondicionado. Al fin y al cabo, transportamos ganado. O eso es lo que parece.
Así que ahí estaba yo, con mi kleenex en la mano por doble motivo, uno, para secar el sudor que, gracias a la forja de Vulcano a la que llaman vagón, recorría mi espalda y dos, para limpiar mi nariz debido al resfriado veraniego que arrastro estos días y que, muy probablemente, acabe conmigo (no es sobreactuación... ya puedo ver un túnel muy largo y una luz al final de él, con una música tipo Enya acompañando tan bonita estampa).
De pronto, reparo en la muchacha que está sentada a mi lado. Yo voy de pie, así que la perspectiva es bastante agradable (esos escotes, ains...) pero, como uno no es un marrano de esos o, si lo es (que lo soy), intenta disimularlo (otra cosa es que se consiga), cambia de lugar y se coloca frente a ella, para buscar un poco de contacto visual.
Surge la mirada y no una, sino dos y tres, ésta última acompañada de una tímida sonrisa. Comienzo a frotarme las manos y, antes de acercarme a decirla “ojos verdes tienes” (que no sé si lo eran o no, se trata de una expresión como otra cualquiera), decido secar el sudor de mi espalda y el constante goteo de mi nariz para presentar un aspecto lo más impecable posible dadas las circunstancias con lo que, visto lo visto, impecable dista mucho de mi aspecto real.
Y cuando servidor iba a aclararse la garganta, mi proverbial torpeza y falta de coordinación aeróbica hizo acto de presencia una vez más, consiguiendo que mi kleenex, humedecido con mis fluidos corporales, saliera disparado de mis deditos para aterrizar, cómo no, en medio de su escote.
Y ahí se acabaron las miradas y las sonrisas y el frotarme las manos porque, podéis creerme, lanzarle un kleenex usado al escote de la chavala que os hace gracia no es la mejor manera de iniciar una conversación. O si lo es, a mí no se me ocurrió nada más que decir.
alguien dijo
Primo, espero por tu bien que esto no sea una historia real... bueno, del desayuno con diamantes, mejor ni hablamos XDD Besitos mil y tranquilo que en cero coma se acaba el verano y dejaras de sudar y de sufrir por nuestros provocativos escotes jajaja. MUAKS!2007-08-10 14:54:01
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