Desayuno con diamantes (más o menos)

Seducción Digital   (Enviado por: Toni Del Cuore) , 31/07/07, 21:37 h
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¿Qué mejor manera de terminar una noche de vacaciones, alejado del bullicio y el ritmo frenético de la gran ciudad que hacerlo compartiendo el desayuno después de una noche de pasión con una bella muchacha?

Mucha gente cree que una cena es un buen comienzo para una cita. Particularmente, creo que el desayuno es la hora perfecta para comenzar una cita. Evidentemente, después de haber compartido todo tipo de confidencias bajo, entre y sobre las sábanas.

 

Sin embargo, esta es la teoría, por supuesto, teoría que, muy habitualmente, suele distar decenas de años luz de la triste realidad.

 

Triste realidad que, durante la noche fue maravillosa pues ella, la ella de mis sueños al menos durante unas horas, la ella que me quitaba el hipo de manera transitoria, la ella que me hizo pensar durante cinco minutos que podría ser la ella definitiva, era una ella perfecta, básicamente como todas las ellas que uno suele encontrar en los sitios de playa. O, bueno, como casi todas.

 

Tras esa noche calurosa y horizontal (en su mayor parte), llegó el merecido descanso, ese momento en el que uno cierra los ojos, tocando con la punta de los dedos eso que los orientales denominan nirvana.

 

Unas pocas horas después, cuando, como decía al comienzo, iba a empezar la verdadera cita, con un buen desayuno, todo cambió.

 

La naturaleza, sabia como ella sola pero cruel, despiadada y muy puta muchas veces (en este caso, sin ir más lejos), activó mi fisiología con lo que técnicamente se conoce como pedo mañanero, cirncunstancia absolutamente habitual en cualquier ser humano pero claro, además de habitual, normalmente también es privada. O, al menos, así debería de ser.

 

Tras el estruendo, porque, por supuesto, la casa se hallaba en el más absoluto silencio, mis ojos se abrieron como platos, tomando conciencia de que, contra todo pronóstico, no estaba solo en la cama. Giré el cuello como un ninja atemorizado, rezando a todo lo rezable para que ella siguiera durmiendo.

 

Pero, claro, después de esa traca, incluso una cuadrilla de albañiles tras haber terminado con las existencias de orujo de media Galicia hubieran saltado del susto, así que ella, mi ella, la ella que me hizo plantearme mi carrera donjuanesca durante cinco minutos, no iba a ser menos.

 

Y, contemplándome con sus ojillos de teleñeco, desorbitados y horrorizados, esos mismos ojos que hacía sólo unas horas me contemplaban con pasión (es curioso lo fugaces que son las emociones), comprendí que ya nada era como antes y que no iba a haber desayuno ni la madre que lo parió.

 

Porque, estaremos todos de acuerdo en que no es lo mismo un desayuno con diamantes que uno con ventosidades.

 


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